El amor jamás reclama; da siempre. El amor tolera, jamás se irrita, nunca se venga.
 



Física hiperdimensional
El gran secreto


De los ovnis a la Alquimia, de las pirámides de Egipto al Ocultismo, los que nos hemos interesado por estos temas hemos sentido alguna vez, aunque solo fuera como una fugaz intuición, que estos misterios podían tener un nexo común, un secreto que, una vez desvelado, haría que todo adquiriera sentido. Pues bien, es posible que ese secreto exista y este en posesión de unos pocos privilegiados, pero será por poco tiempo, porque todo indica que está a punto de ser revelado...
Santiago Camacho (publicado en el núm. 126 de Año Cero)


l pasado mes de junio, un equipo de científicos liderado por el Dr. Lijun Wang de los laboratorios NEC de Princeton, consiguió algo que hasta aquel mismo día había sido considerado imposible, romper la barrera de la velocidad de la luz acelerando hasta trescientas veces su velocidad normal un pulso luminoso procedente de un láser. Muchos vieron en este acontecimiento un momento histórico en el que aparecía la primera grieta en el hasta ahora sólido edificio de la física einsteiana. Por eso, ahora que llega el año 2001, una fecha emblemática, tiempo de cambios que tradiciones milenarias de los cinco continentes coinciden en calificar como el final de una era y el comienzo de una nueva Edad de Oro para la Humanidad, tal vez sea el momento de replantearnos algunos dogmas y echar una mirada a un futuro tan inquietante como esperanzador.

Sintamos por un momento como sería nuestro mundo, ese mundo cotidiano en el que nos devanamos los sesos para pagar las facturas y con lo que nos sobra bajamos a comprar el pan, si las cosas fueran diferentes. Cada día, el depósito de nuestro automóvil reclama su ración de carburante indiferente a las vertiginosas subidas de los precios del petróleo. Es más, en cada producto o servicio que compramos o contratamos una buena parte del precio va destinada a pagar la energía empleada en producirlo y transportarlo hasta los puntos de venta. Pero, ¿qué sucedería si esa energía fuera virtualmente gratuita? La consecuencia inmediata es que nuestro nivel adquisitivo ascendería hasta niveles considerablemente más altos que los actuales, es más, ese proceso se reproduciría a escala mundial haciendo que la pobreza y el hambre desaparecieran de nuestro planeta... ¿Utópico verdad?

Vayamos un poco más lejos en la utopía. ¿Y si fuéramos capaces de gobernar el clima, la estructura de la materia, el curso de nuestra propia biología y, en general, cualquier fuerza de la naturaleza que pudiéramos imaginar y algunas que aún ni imaginamos? Nuestra especie se vería libre de todas las esclavitudes a las que se ha visto sometida desde los orígenes de su existencia. Estaríamos ante un mundo sin trabajo, sin vejez, sin enfermedad, en el que cada persona sería libre de encaminar su vida y su talento por los senderos que estimase oportuno. Ya sé que muchos estarán pensando ahora que tal poder traería tantos males como beneficios y que el ser humano, llevado por la ambición, el miedo, la ira y la agresividad que le son naturales terminaría convirtiendo tal don en el arma de su destrucción. Seguramente sería así pero, puestos a imaginar, podría suceder algo más, algo que supusiera en tal escenario la diferencia entre en paraíso y el infierno.

Pongamos que por algún acontecimiento cósmico de escala inconcebible el ser humano se viera abocado de forma inevitable a dar el siguiente paso en su perfeccionamiento. Que la forma en que su cerebro recibe y organiza la información cambiara sustancialmente haciéndole ver las cosas con una mayor amplitud, con más profundidad, de manera que comenzara, no solo a comprender mejor su entorno y a sus semejantes, sino que se sintiera en armonía con ellos y no hubiera necesidad de conflicto alguno.

Bonita historia, ¿verdad? Pues bien, todo esto no solo es posible, sino que podría estar empezando a suceder. Indicios recogidos en todo el mundo nos llevan a pensar que estamos en vísperas de conocer el gran secreto que se halla tras de muchos enigmas de nuestro mundo. Más aún, ese gran secreto puede haber comenzado a actuar sobre nosotros sin que nos demos cuenta de ello.

La edad de oro
Admítasenos comenzar con un ejercicio de recapitulación, de síntesis de un sin fin de historias que han llegado hasta nosotros a través de las más variadas fuentes. El guión general de esta historia seguramente será familiar para la mayoría de nuestros lectores. Sucedió en una época increíblemente remota, posiblemente decenas de miles de años antes de la aparición de nuestros primeros registros históricos. En aquel tiempo existió una civilización cuyo recuerdo ha pervivido en las leyendas, mitos y religiones de la práctica totalidad de los pueblos de la Tierra. No solo eso, como sombra insinuada de su grandeza, en diversos lugares del globo han sobrevivido edificios y artefactos que se han convertido en una pesadilla para científicos e historiadores que se las ven y se las desean a la hora de ubicarlos de manera que encajen con su visión de la historia. Líneas dibujadas en los desiertos de Nazca, ciclópeos muros sepultados bajo las aguas del Pacífico u objetos más modestos, como esas manufacturas de aluminio que aparecieron sin venir a cuento en la tumba de un antiguo emperador chino o la rudimentaria batería eléctrica que yace olvidada en los sótanos de algún museo de Bagdad.

No sabemos si fueron seres humanos o algo diferente, si eran originarios de nuestro planeta o llegaron hasta él a consecuencia de alguna inimaginable peripecia. Lo que si sabemos, porque en esto si coinciden todas las fábulas que sobre ellos se escribieron a lo largo de los siglos, es que eran dueños de conocimientos científicos y tecnológicos que les permitían realizar milagros inaccesibles aún para nosotros, haciéndoles aparecer como dioses a los ojos de nuestros antepasados.

Pero no eran dioses, tan solo los depositarios de un secreto que les otorgaba poder casi ilimitado. Nunca podremos conocer si ese secreto llegó a sus manos por la vía de la casualidad o tras generaciones de esfuerzo e investigación. Pero estamos seguros de que no eran dioses porque en lo que también coinciden esas leyendas es en que ese poder fue seguramente la causa de su crepúsculo. La Atlántida, Lemuria o como se la quiera designar, desapareció casi de la noche a la mañana, destruida por la insensatez de sus habitantes que borrachos de soberbia hicieron un mal uso del don que se les había otorgado. Los supervivientes se dispersaron por todo el globo iluminando a nuestros primitivos antepasados con la luz de su conocimiento. Fueron ellos los protagonistas de esas leyendas que nos hablan de misteriosos personajes que instruyeron a los hombres y levantaron de la nada poderosas civilizaciones. Con el discurrir de los siglos, la antigua ciencia, transmitida de maestro a discípulo a través de generaciones de iniciados, se fue contaminando de superstición. Quedaron los ritos, las formas, pero la explicación que había tras de todo ello se había extraviado hacía mucho tiempo. Así nacieron las ciencias ocultas, la Astrología, la Alquimia, las disciplinas espirituales y hasta la magia.

Llegaron nuevos tiempos, y con ellos una nueva civilización y una nueva ciencia que consideraba los patéticos restos de la antigua como mera quincalla oscurantista. Pero es posible que la antigua ciencia no se haya perdido para siempre y ahora mismo estemos en los umbrales de adquirir un conocimiento que, en cuanto a poder y comprensión del Universo, nos colocaría a la misma altura de aquellos míticos seres. El secreto comienza a dibujarse a partir de una nueva ciencia (o tal vez no tan nueva, quien sabe) llamada Física Hiperdimensional.


Consignado en el tiempo
En 1976 el mundo esperaba expectante las primeras fotografías tomadas por la sonda espacial Viking. Por fin teníamos una rendija por la que asomarnos a los misterios de Marte, el planeta rojo que desde siempre había cautivado la imaginación colectiva de la Humanidad. Pero nadie podía imaginar que esas fotografías enviadas desde millones de kilómetros de distancia serían las portadoras de secretos demasiado inquietantes, demasiado desestabilizadores, tanto que la propia NASA tomó cartas en el asunto para intentar hacerlos desaparecer. Las imágenes procedentes de la región conocida como Cydonia mostraban la existencia de un vasto conjunto de cuerpos de apariencia artificial entre los que destacaba la bautizada como "esfinge de Marte", una gigantesca cabeza esculpida en piedra cuyo rostro, orientado hacia el espacio, nos devolvía la curiosa mirada que habíamos dirigido hacia nuestro planeta vecino.

A partir de ese momento, personajes como Richard Hoagland, Vincent di Pietro, Gregory Molenaar o Mark Carlotto, todos ellos provistos de intachables credenciales científicas por más que les pese a los escépticos de turno, consagraron sus vidas al estudio de lo que creían podía constituir la primera prueba material de vida inteligente extraterrestre. Las polémicas imágenes fueron estudiadas hasta el último píxel, se utilizaron complejos procedimientos informáticos para analizarlas y se trazaron detalladas cartografías de la zona con ayuda de los métodos más sofisticados. Ni la consecuente campaña de desprestigio del caso que llevó a cabo la NASA echando mano de personalidades tan conocidas como Carl Sagan fue suficiente para silenciar las voces que reclamaban un estudio oficial de la región de Cydonia.

Pero sería en 1988 cuando la investigación sobre las anomalías marcianas tomaría un nuevo rumbo de la mano de Erol Torun, cartógrafo y analista de sistemas en la agencia cartográfica de la defensa. De las estructuras que se alzan en la llanura de Cydonia la conocida como pirámide D&M atrajo especialmente la curiosidad de este experto en el análisis de imágenes aéreas. En la esquina sur suroeste de la region de Cydonia, a una distancia de la "esfinge" exactamente igual a 1/360 del diámetro polar marciano, se encuentra una estructura de un tamaño tal que resulta difícilmente concebible. La pirámide D&M recibe este nombre en honor a sus descubridores Vincent Dipietro y Gregory Molenaar. Tiene una altura aproximada de 800 metros y un diámetro de casi tres kilómetros. Se trata de una pirámide pentagonal cuyos lados están dispuestos en ángulos de 30 grados. En su construcción se debió emplear 1.5 kilómetros cúbicos de material y su colocación respecto a los otros objetos de Cydonia dibuja un perfecto triángulo equilátero. Torun, a pesar de sus amplios conocimientos de Geomorfología, no conocía ningún mecanismo natural que pudiera explicar su formación. Fue precisamente esto lo que le movió a analizar cuidadosamente su geometría, tanto interna como en relación con las otras anomalías de Cydonia. A pesar de estar vivamente impresionado por la simetría del objeto, él mismo confesó más tarde que no estaba preparado para lo que iba a encontrar.

Codificadas en la estructura de aquel objeto al que la NASA alegremente había calificado como "formación natural", el cartógrafo descubrió una serie de relaciones matemáticas, constantes y expresiones sumamente específicas y redundantes, cuya probabilidad de que se originaran por casualidad se encuentra cercana a cero. Entre otras cosas, los números e y pi (constantes de importancia fundamental en Geometría) aparecían repetidamente, combinados de todas las maneras posibles tanto en sus ángulos, como en las relaciones entre estos y sus respectivas funciones trigonométricas.

Esto, de por sí constituía un asombroso descubrimiento, quedó rápidamente empequeñecido al descubrirse que esas mismas relaciones matemáticas se repetían con increíble precisión si se trazaba una serie de líneas imaginarias que unieran entre sí los edificios de la famosa llanura marciana. Todo formaba parte de un complejo diseño que repetía insistentemente los mismos números, figuras y ángulos. Estaba claro que aquello constituía un mensaje dibujado por criaturas inteligentes y expresado en el lenguaje más universal que existe, las matemáticas. Si tantas molestias se tomaron sus constructores, levantando edificios que harían palidecer de envidia a las mayores creaciones del ser humano, algo de suma importancia habrían querido transmitirnos. La pregunta era ¿qué?.

Aquello era un enigma que inquietaba especialmente a Richard Hoagland, el principal investigador actual del tema de Cydonia. Hoagland no es ningún advenedizo en el campo científico. Entre otros muchos puestos oficiales fue el asesor para asuntos espaciales de la cadena de televisón norteamericana CBS durante el proyecto Apolo. Durante meses trabajó con aquellas líneas misteriosas, buscándoles sentido, intentando descifrar su mensaje. Por fin, un buen día, la verdad aparecido súbitamente ante sus ojos y esta fue más increíble que el más increíble de sus sueños. En la llanura de Cydonia, a millones de kilómetros de nuestro planeta, olvidados durante miles de años, se encontraban dibujados con absoluta precisión los postulados teóricos básicos de una ciencia olvidada que hizo furor a finales del siglo XIX para, más tarde, caer en el olvido de la ortodoxia científica, que la consideró como algo inaceptablemente revolucionario; la física hiperdimensional.

Basándose en este conocimiento, Hoagland pudo establecer varias predicciones que al ser comprobadas resultaron ser ciertas. Así, descubrió que según los postulados de la física hiperdimensional existe una importante relación entre un tetraedro y la esfera donde está inscrito. Considerando a los planetas como esferas y colocando el vértice de ese imaginario tetraedro en uno de los polos, los otros tres vértices a caen a la altura del paralelo 19,5. Pues bien, curiosamente en esa misma localización geográfica es de donde se encuentran los mayores focos de inestabilidad de cada planeta; en la tierra coincide con el cinturón volcánico del Pacífico –el volcán Mauna Kea está a 19.6 grados Norte–, el gigantesco monte Olimpo de Marte (el mayor volcán del Sistema Solar) se encuentra a 19.3 grados Norte, la gran mancha roja de Júpiter está exactamente a 19.5 grados Sur y algo similar ocurre en Neptuno, que tiene una mancha similar a la de Júpiter, solo que de color azul, y en el Sol, donde la mayor incidencia de manchas se da precisamente alrededor del paralelo 19.5. ¿Existe realmente una explicación a este puzzle?

La física hiperdimensional
La aparición de estos ?vórtices planetarios? ya había sido predicha hace un siglo por el físico James Clerk Maxwell a través de una teoría denominada Física Hiperdimensional. Son pocos los estudiantes de física actuales que han oído hablar de ella, sin embargo, la Física Hiperdimensional supuso un paso ineludible en el camino hacia las modernas teorías cuánticas o de la relatividad. Sus postulados fueron propuestos por personajes del más alto rango científico de la época y tan poco dados a especulaciones paracientíficas como Helmholtz, Lord Kelvin, Faraday, el propio Maxwell y otros muchos menos conocidos que se aventuraron valientemente en terrenos jamás hollados anteriormente por la inteligencia humana. Este grupo de pioneros llegó a la conclusión de que nuestra realidad tridimensional no es sino apenas la parte visible para nosotros de un universo pluridimensional en el que conceptos como el tiempo o el espacio perderían su significado. En la interacción entre esas dimensiones y la nuestra se encontraría el secreto de muchos fenómenos hasta ahora inexplicables e incluso del propio surgimiento de la vida sobre nuestro planeta.

Los padres de la física hiperdimensional llenaron pizarras con interminables cálculos, desarrollaron ingeniosos modelos cosmológicos y levantaron un verdadero edificio de relaciones matemáticas y geométricas, las mismas que más tarde aparecerían en un lugar tan insospechado como la superficie de Marte. Sabían que en determinadas circunstancias tendría que existir un flujo de energía de esas otras dimensiones hacia la nuestra. Concretamente, afirmaban que un sistema giratorio en un espacio de cuatro dimensiones aparecerían una serie de vórtices de energía al ser proyectado en un espacio de tres dimensiones como el nuestro. Ese fenómeno se produciría ¡exactamente a 19.5 grados del ecuador! Sin embargo, lo novedoso de la idea la hizo blanco de numerosos ataques y terminó cayendo en el cajón del olvido científico. Es célebre en este sentido como el físico británico Oliver Heaviside calificaba el trabajo de Maxwell como ?místico? y ?obra del diablo? precisamente por tratar con conceptos hiperdimensionales.

No sería hasta mediados de la década de los 60 cuando un hallazgo astronómico aparentemente irrelevante vino a comenzar a apoyar los planteamientos de aquellos pioneros. Las observaciones realizadas a través de los primeros espectrógrafos demostraron que el planeta Júpiter desprende una "radiación infrarroja anómala", esto es, que emite mucha más energía de la que recibe del Sol. Posteriormente, las sondas Pioneer y Voyager pusieron de manifiesto que el mismo fenómeno inexplicable se repetía en Saturno, Urano y Neptuno. Esto constituye una anomalía cósmica de primer orden y una contradicción manifiesta a las leyes de la termodinámica -las que nos dicen que la energía ni se crea ni se destruye-. Si en estos astros no se producen procesos de fusión nuclear que puedan generar calor y la cantidad de radiación emitida al espacio es muy superior a la que correspondería a la suma del calor interno del planeta y el que recibe del sol entonces, ¿de dónde procede esa energía?

Para la Física Hiperdimensional la respuesta es obvia. La combinación entre la masa de los planetas y su momento angular (la energía de su desplazamiento alrededor del Sol) genera un punto de contacto entre las dimensiones a través del cual se produce una transferencia de energía. Esto se puede cuantificar a través de la fórmula L=mr2, en la que L es la energía resultante, m la masa y r el momento angular. Dicho llanamente, recibimos aportes energéticos de dimensiones ubicadas por encima de la nuestra, y el propio sistema solar funciona como un mecanismo que genera los portales a través de los cuales penetra esa energía.

Los parámetros físicos y matemáticos requeridos para esta transferencia de energía e información procedentes de un hipotético espacio n-dimensional fueron establecidas en su momento como ya hemos visto, por personalidades científicas del siglo XIX de la talla del matemático alemán Georg Riemann; El físico escocés Sir William Thompson; el ya citado James Clerk Maxwell; y el matemático británico Sir William Rowan Hamilton. Fue concretamente el matemático Arthur Cayley el que estableció las relaciones geométricas interdimensionales que aparecen, no sólo en la llanura de Cydonia, sino en la Geometría Sagrada que durante milenios ha acompañado a las prácticas esotéricas más diversas.

No obstante hay una objeción que resulta legítimo hacer? Está muy bien que exista una Física Hiperdimensional en la mecánica celeste o en las complicadas fórmulas de un grupo de visionarios del siglo pasado pero, ¿no hay algo más actual, más tangible, que pueda confirmarnos que estamos ante un indicio que pueda conducirnos a la antigua ciencia de los dioses? Es posible que lo haya?

Fusión fría
Entre el 6 y el 9 de diciembre de 1993 tuvo lugar la cuarta conferencia de fusión fría en Maui, Hawai, muy cerca del paralelo 19.5 curiosamente. 250 científicos de todo el mundo se habían reunido para tratar lo que podía ser el mayor hallazgo de la historia. Se presentaron más de 150 ponencias del más alto nivel y asistieron los padres de esta disciplina Stanley Pons y Martin Fleischmann, que habían acudido desde el laboratorio que en Niza ha montado para ellos TECHNOVA, una subsidiaria de Toyota. Pero la conferencia de Maui fue el último gran acontecimiento en el campo de la fusión fría, marginado por la ciencia oficial. A pesar de que en todo el planeta (y muy especialmente en Japón) existen equipos investigación que continúan trabajando sobre este tema, su labor no tiene ninguna salida a la opinión pública si no es a través de revistas especializadas como Infinite energy. Ningún investigador "respetable" quiere que se le relacione con la fusión fría. Las revistas científicas de más prestigio (Nature, Scientific American?) rechazan sin leerlo cualquier trabajo que reciban sobre la materia. Aquellos que a pesar de la postura oficial al respecto se deciden a investigar el tema se ven inmisericordemente acosados, sean cuales sean sus credenciales académicas, por sus antiguos colegas. ¿Por qué está persecución?

Los orígenes de la fusión fría se encuentran en los trabajos de una pareja de físicos llamados Pons y Fleischmann, que el 23 de marzo de 1989 convocaron una rueda de prensa en la Universidad de Utah, para realizar un asombroso anuncio. Según habían comprobado repetidas veces, la electrolisis de agua pesada empleando electrodos de platino y paladio tenía como resultado una producción de energía calorífica mayor que la correspondiente a la electricidad utilizada. Si se encontraba una forma de aprovechar este calor, habrían encontrado una fuente inagotable y gratuita de energía. El informe levantó una encendida poléca. Durante las cinco semanas siguientes los medios de comunicación se hicieron eco de como en diferentes partes del mundo otros científicos obtenían los mismos resultados. Sin embargo y contra todo pronóstico, el 1 de mayo de 1989, la American Physical Society dio carpetazo a todo el asunto catalogándolo de mera "superchería científica". Sin embargo, ello no desalentó a decenas de investigadores que, patrocinados por empresas multinacionales como Toshiba, Hitachi, Toyota, Exxon o Carterpillar –más interesadas en los resultados económicos que en los prejuicios científicos– continúan realizando avances en este terreno.

Aunque quizá hablar de avances sea un tanto atrevido. Los experimentos originales han sido reproducidos –incluso mejorados– en incontables ocasiones, pero nadie ha sido capaz de dar un paso definitivo en la explicación del fenómeno, una anomalía científica de primer orden. Técnicos competentes, con amplia experiencia en el laboratorio, se desesperan al comprobar cómo el mismo experimento, idéntico hasta el mínimo detalle, arroja resultados diferentes cada vez que se realiza. A veces no sucede nada en absoluto, otras, en cambio, la producción de calor es intensísima, e incluso sigue produciéndose cuando ya se ha dejado de proporcionar electricidad al sistema. Para añadir confusión, se ha comprobado que determinadas frecuencias acústicas actúan de catalizador de estas reacciones y que, en no pocas ocasiones, se producen transmutaciones en el interior de los electrodos o inexplicables manifestaciones luminosas en los vasos que contienen el líquido. Todo esto sería un sin sentido de no ser porque los resultados, aunque caprichosos, son perfectamente mensurables dentro de la más rígida ortodoxia del método científico.

Tal vez los antiguos alquimistas (depositarios a fin de cuentas de los vestigios de la antigua ciencia) pudieran aportar algo de luz a los trabajos de sus modernos seguidores. Ellos sabían bien que determinados momentos astrológicos eran más propicios que otros a la hora de llevar a cabo sus operaciones transmutatórias. Bajo el prisma de la física moderna esto es una insensatez pero, considerado bajo la perspectiva de la física hiperdimensional, todo adquiere un sentido muy claro ya que, como hemos visto anteriormente, es precisamente el curso de los planetas el que marca la pauta de transferencia de energía entre las dimensiones, posiblemente esa misma energía que se detecta en los recipientes de la fusión fría pero acerta a explicar de dónde proviene. Por otro lado, resulta curioso que tanto el paladio como el platino, así como el alunimio (empleado también en experimentos de fusión fría) tengan una estructura cristalina en forma de tetraedro y sus átomos se organicen formando esta misma figura geométrica, clave en las fórmulas de la física hiperdimensional. Es muy probable que estos exploradores en el campo de la fusión fría estén redescubriendo algunos de los secretos que ya conocían los antiguos alquimistas y puede que alguien haya llegado un poco más lejos aunque amparado en las sombras de un impenetrable secreto?

El gran secreto
Es posible que estemos otorgando atributos de máxima novedad a algo que determinados grupos podrían haber conocido y desarrollado en secreto desde hace años. En la comunidad de los estudiosos de las conspiraciones hace tiempo que existe una creencia muy extendida respecto a la existencia de un "gran secreto" que explicaría en buena parte de los casos de conspiración y encubrimiento que envuelven al gobierno estadounidense. La mayor parte de estos estudiosos opina qué este secreto podría estar relacionado con los aparatos que incesantemente vienen avistándose en nuestros cielos desde que en 1947 comenzara a hablarse de ?platillos volantes?. Pero existe otro sector que, afinando un poco más, opina que tras este muro de silencio se oculta el encubrimiento de toda una nueva rama de la ciencia, cuyo desarrollo tecnológico habría sido llevado a cabo en secreto durante los últimos 50 años. La Física Hiperdimensional podría muy bien ser esa ciencia.

Aquí podría encontrarse la explicación al interés, por supuesto extraoficial, que diversos departamentos gubernamentales norteamericanos han mostrado por los trabajos del heterodoxo y genial inventor Nicola Tesla, plenamente convencido de la existencia de otras dimensiones y de nuestra capacidad para contactar con ellas. También se explicaría la implacable persecución que sufrió en vida otro inventor genial, Wilhem Reich, cuyo trabajo ha sido sistemáticamente suprimido por un organismo con tan pocas atribuciones el campo de la corrección científica como pueda ser el FBI. Reich había dado con una fuente de energía libre (orgón la llamaba) a la que accedía a través de "generadores" en los que una serie de formas geométricas –en especial las asociadas al tetraedro– tenían una vital importancia. De igual forma, la existencia de un desarrollo tecnológico tan secreto como apartado de la ciencia convencional explicaría la existencia en el seno de las altas esferas militares de conocimientos más propios de la ciencia-ficción que de nuestro mundo como los aludidos por incontables testigos de diversos casos de conspiración, desde el famoso experimento Filadelfia hasta el HAARP (un proyecto ultra secreto para controlar el clima con fines militares, cuya sede se encuentra en Alaska) pasando por las misteriosas actividades que se desarrollan en la mítica área 51. También quedaría explicada de esta manera la serie de incongruencias y ocultaciones en las que lleva años incurriendo la NASA en lo tocante al tema de Cydonia, o el súbito interés que la Ballistic Missile Defense Organization, dependiente del Pentágono, ha tomado por la exploración de nuestro satélite, en donde según Richard Hoagland podría haber señales parecidas a las dejadas en Marte.

Pero, ¿por qué suprimir una tecnología que podría suponer el inicio de una edad de oro para la humanidad? Aquí ya no estamos hablando de mantener una ventaja estratégica sobre un potencial enemigo o de oscuros intereses económicos asociados a los grandes cárteles de la energía. Lo que está en juego en este tema de esa algo aún más importante. Con una fuente de energía virtualmente gratuita y sin contar con otras insospechadas aplicaciones que pudiera tener la tecnología hiperdimensional (viajes espaciales, transmutación de los elementos, control del clima...) nos encontraríamos ante un cambio radical de toda la estructura social y geopolítica a escala mundial. La energía libre traería consigo que prácticamente cualquier producto de los que adquirimos habitualmente tuviera un precio hasta un 80% menor del actual. El sistema económico mundial se derrumbaría bajo el peso de toneladas de oro producido en el laboratorio y que ya no tendría ningún valor. Conceptos como riqueza, pobreza o propiedad se convertirían en meros recursos retóricos sin ninguna realidad social que los respaldase. Se abriría una época de caos, pero también de esperanza y eso sea lo que no están dispuestos a permitir quienes actualmente desarrollan esa tecnología al servicio de sus inconfesables planes. Pero con su colaboración o sin ella parece ser que las cosas van a cambiar, ya que la física hiperdimensional también cumple su papel en el proceso de la evolución planetaria y todo indica que estamos en el umbral de un cambio.

Un salto evolutivo
Conocedor de todos los datos que acabamos de exponer, el autor norteamericano David M. Jinks los ha estudiado cuidadosamente y ha elaborado la que quizá sea la teoría más importante de cuantas rodean en controvertido asunto de la Física Hiperdimensional, la cual ha expuesto en un libro sumamente revelador titulado titulado The monkey and the tetrahedron. En él, Jinks hace un repaso de todo lo que hemos visto hasta ahora para llegar a una sorprendente conclusión, que los periodos de actividad Hiperdimensional están íntimamente ligados a la evolución del ser humano y que, en la actualidad, estamos a punto de vernos inmersos en uno de esos saltos evolutivos.

Su argumentación, a pesar de movernos en un terreno tradicionalmente dominado por la subjetividad, no puede ser, sin embargo, más racional. La práctica totalidad de los textos espirituales, antiguos o modernos, insisten en recalcar la importancia del amor como llave que abre las puertas de la evolución humana. El amor es aceptación incondicional o, dicho de otra forma, un flujo completamente libres y sin restricciones de información, que puede tomar la forma de palabras, pensamientos o pura energía. En un mundo donde la aceptación incondicional fuera la regla, la energía en todas sus formas fluiría coherentemente sin ningún tipo de resistencia. El amor, descrito de esta manera, sería el estado ideal para la transmisión de la energía. Ahora, consideremos este concepto en términos de la física hiperdimensional. En el punto más alto de uno de estos periodos en los que la transmisión de energía desde otras dimensiones crece considerablemente, cuando la geometría del sistema está perfectamente alineada para permitir el flujo de información procedente de dimensiones más altas hacia nuestra realidad, ¿qué sucede? Básicamente, que aquellos sistemas que estén dispuestos a aceptar sin resistencia el flujo energético que les llegue se verán positivamente influidos, transformados, por éste, mientras que aquellos que opongan resistencia al nuevo patrón de vibraciones sufrirán toda una serie de consecuencias adversas.

Pues bien, a través de las predicciones de la Física Hiperdimensional Jinks nos dice que esos periodos de máxima transferencia se dan cíclicamente y vienen a coincidir con aquellos momentos en los que nuestro planeta se producen grandes convulsiones evolutivas, con extinciones en masa de ciertas especies y la aparición o transformación de otras. Lo más inquietante es que todos los datos parecen indicar que precisamente ahora nos encontramos inmersos en uno de esos momentos.

Es de justicia dejar constancia de que estos grandes ciclos ya fueron descritos con precisión por cosmogonías tan alejadas entre si como la maya, la hindú o la de los indios Hopi norteamericanos, todas las cuales coinciden en situar en la actualidad el final de uno de estos períodos. Pero además existen pruebas objetivas que vienen a confirmar la veracidad de estas antiguas profecías. Uno de estos parámetros, es la llamada resonancia de Schumann, que es una serie de ondas estacionarias que existe en la ionosfera de la tierra. La existencia de estas ondas fue pronosticada 1952 por el físico alemán W. O. Schumann, quien consiguió detectarlas en 1954. Simplificando mucho, estas ondas pueden ser descritas como la resonancia electromagnética de nuestro planeta.

Se puede pensar en esta frecuencia como en el pulso vibratorio fundamental de la tierra, que define un patrón electromagnético específico propio de este planeta que afecta y envuelve a todos sus habitantes. Este patrón vibratorio es extraordinariamente estable y comprende un rango de frecuencias de 7.8, 14, 20, 26, 33, 39 y 45 Hz. La constancia de la resonancia de Schumann es tal que las comunicaciones militares de todo el mundo se han establecido en base a ella.

Pero en 1987, sin razón aparente, el pulso del planeta comenzó incrementarse. Según observaciones realizadas en el Instituto de Meteorogía y Geofísica de la Universidad de Frankfurt y en la Universidad de Alaska, en 1994 ese latido estable de 7,8 ciclos por segundo había aumentado casi un 11%, alcanzando los 8, 6 Hz. En noviembre de 1996 ese incremento era aún mayor y la habitual estabilidad de esta constante se había perdido, viéndose sometido a imprevisibles fluctuaciones. Se trata de un hecho alarmante, no sólo porque algo considerado hasta ahora como constante ha dejado de ser fiable, sino porque se trata de un fenómeno absolutamente inexplicable por más que en los informes oficiales se mencione que es "consistente con las teorías aceptadas". Se cree que la vibración se volverá estabilizar cuando alcance los 13 Hz, el número siguiente en la serie de Fibonacci, una progresión numérica muy significativa dentro de la física hiperdimensional.

¿Qué quiere decir todo esto? Básicamente, que un flujo de energía de origen desconocido no sólo está penetrando en nuestro planeta, sino haciendo subir su patrón vibratorio y, con él, el de todos sus habitantes. El calentamiento del globo, el agujero de la capa de ozono o el inexplicable fenómeno al que se enfrentan psicólogos de todo el mundo al comprobar cómo los coeficientes intelectuales de los niños nacidos recientemente crecen por encima de la media sin que haya causa aparente para ello, puede ser otros síntomas de que un flujo de energía/ información está comenzando a transformar nuestro planeta. De nuestra capacidad para vibrar en armonía con él puede depender nuestra supervivencia como especie o el que venga a sustituirnos una raza que encaje mejor con el nuevo patrón.

Un universo por explorar
En un espacio extremadamente reducido hemos intentado resumir conceptos que requerían cientos de páginas para ser explicados adecuadamente. Nuestra intención ha sido dar a conocer la existencia de un nuevo paradigma que podría por sí solo dar explicación a muchos de los misterios que actualmente se consideran irresolubles. A pesar de la incomprensión cuando no el abierto acoso por parte de las instituciones académicas oficiales, decenas de personas trabajan actualmente para abrir caminos en un campo que podría conducir a la humanidad hacia la tan anhelada edad de oro. En un momento en el que la tecnología y la ciencia en que se basa parecen estar a punto de tocar techo, y en el que una nueva conciencia, con nuevos valores y ambiciones, se va colando de rondón en nuestra sociedad, tal vez haya llegado el momento, querámoslo o no, de que la humanidad avance un paso en su camino. De ser así, lo más apropiado sería que lo hiciéramos voluntariamente porque, si esperamos a dejarnos llevar por las circunstancias, es posible que la transición resulte mucho más dolorosa de lo que pudiéramos imaginar.

Los tiempos están cambiando, y numerosas evidencias parecen indicar que esta vez va en serio...

02/02/2001
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