El amor jamás reclama; da siempre. El amor tolera, jamás se irrita, nunca se venga.
 

La Atlántida, la leyenda del continente perdido

 
La Atlántida constituye uno de los mayores enigmas de la cultura, comenzando por el hecho de no saber con certeza si realmente existió. La primera mención de su presencia como ciudad se remite al siglo V a.C.

 
 
La propia existencia dé la Atlántida remite a una polémica que atraviesa siglos, contraponiendo a sabios e incautos. Mientras que para algunos no cabe duda de la pertinencia histórica de esta antigua civilización, para otros -la mayoría de los historiadores consagrados- es una pura ficción ideada por Platón. El historiador helenista Fierre Vidal-Naquet afirma que Platón habría concebido su Tunco (y su continuación, Critias) como una crítica radical al expansionismo marítimo de Atenas. Para él, Platón no habla de una guerra entre Atenas y los atlantes, sino de una guerra imaginaria entre dos Atenas separadas por un milenio de historia.

LA VISIÓN DE LOS FILÓSOFOS

El filósofo griego dedicó buena parte de dos de sus diálogos para hablar de la Atlántida. Dada la escasa cantidad de textos antiguos conservados, dos textos del mismo autor que citan un idéntico lugar, al que le dedica una descripción minuciosa, prueban que es éste un tema al que sus contemporáneos debieron darle alguna significación. Al menos destaca la importancia que Platón concedía al ejemplo brindado por esa antigua civilización. Se dirá que no existe ninguna otra mención de la Atlántida hasta que Plutarco, en sus Vidas paralelas, realza la figura de Solón de Atenas, aquel formidable legislador y viajero. Mencionará a Sonkhis de Sais y Psenophis de Heliópolis como los sacerdotes egipcios que instruyeron a Solón en la historia de la Atlántida. Habrá que esperar hasta el siglo V para que el filósofo bizantino Proclo rescatara la figura de Crantor de Cilieia, quien escribiera a principios del siglo III a.C. una exégesis del Timeo, en la que no sólo afirma la total veracidad del relato platónico, sino que incluso refiere un viaje suyo realizado a Egipto, donde consultara unas estelas que confirmaban el relato de Solón. También Posidonio, en el siglo II a.C., y Estrabón, un siglo más tarde, especularon acerca de aquel relato atribuyéndole veracidad. Su contemporáneo Plinio El Viejo señalaba en su Historia natural que, de ser cierto lo referido por Platón, el océano Atlántico habría crecido en el pasado inundando vastas tierras. En el diálogo platónico es Cri-tias a quien se atribuye el relato. Éste insiste varias veces en destacar la historicidad de los hechos narrados y la sociedad mencionada. En el mismo sentido, se afana en una descripción minuciosa y realista de su objeto. La referencia a Solón, quien habría rescatado esta historia de boca de los sacerdotes egipcios en la ciudad de Sais, contribuye a darle aún más verosimilitud a la existencia real del objeto de su discurrir. Es curioso que la historia evocada por Platón mencione un primer contacto de Atenas con aquellos presuntos "atlantes", a partir de una intentona belicosa de éstos contra la aldea que debía ser la polis ática, para la época en que se sitúa históricamente la escena: nada menos que 9.000 años antes que Solón (c. 638-558 a.C.). Hagamos unos pocos cálculos; unos seiscientos o setecientos años antes se extinguía la cultura micéni-ca enredada en el aluvión de la invasión doria. Ya casi nada subsistía de lo que habían sido las murallas de la Micenas de Agamenón. Aunque ellos no tengan dudas de atribuirse las proezas de Aquiles y Odiseo en la guerra de Troya. Algún tiempo antes de aquella época -hace ya 3.500 años- la única actividad que se registra en el área con caracteres similares a los descritos en el caso de la Atlántida son las incursiones de los cretenses. Provenientes de una gran isla, aunque distante de las fabulosas dimensiones atribuidas por Critias a la Atlántida, que estaba organizada como una talasocracia muy desarrollada y tecnificada. Las correrías del pueblo minoico por el azul escenario del Egeo durante el segundo milenio antes de Cristo dan origen a decenas de leyendas, constituyentes ellas del propio cuerpo de aquella tradición griega. Desde el punto de vista estrictamente cronológico, esta saga se encuentra a distancia sideral de la época postulada en el diálogo platónico. Cierto es que las nociones de cronología abrumaban a los antiguos. Sin pretender originalidad, baste mencionar que el primer texto occidental que consideramos historiográfico, o al menos fundador mítico de estos estudios, pertenece a la generación anterior a Platón: atribuido a Heródoto de Halicarnaso, autor de Las historias.


Critias describe una isla oblonga que mediría 3.000 por 2.000 estadios, lo que se corresponde aproximadamente con 523 x 349 km. La isla de Creta quizá tenga unos 300 km de largo por 60 en su parte más ancha. Esta civilización minoica ha dejado registro de su existencia a partir del sexto milenio antes de nuestra era. Y hay numerosos vestigios de su esplendor que datan de mediados del tercer milenio. La arqueología ha identificado dos catástrofes sufridas por esta civilización: a mediados del siglo XV y a fines del siglo XI a.C. La última puede ser identificada con la irrupción doria en el Mediterráneo oriental, o también con una conquista aquea; en cualquier caso existen vestigios de un maremoto, quizá producto de una erupción volcánica en una isla cercana. ¿Se estaña refiriendo Critias a los cretenses en el diálogo que transcribe Platón? Sigue siendo considerable la distancia cronológica. Algunos investigadores aportan otras sugerencias: si Solón recibió esta información de boca de sacerdotes egipcios, esto contamina los datos por referirse a un calendario, como el egipcio, cuestionado por su exactitud. Parece un reparo nimio. ¿Acaso es posible pensar en batallas marítimas en un área donde se procesaba la muy reciente revolución neolítica? La sentencia de Critias sigue abrumándonos con su precisión: "Ante todas las cosas recordemos que han pasado nueve mil años...". Nueve mil..., tampoco se trata de una fecha muy precisa. Parece más producto de una especulación que de la consulta de aquellos "manuscritos donados por Solón a su bisabuelo Drópida", que Critias aseguraba tener en su poder. Por supuesto, no hay sólo un problema cronológico. Resulta que en el diálogo se afirma que aquella inmensa isla de los atlantes se encuentra más allá de las columnas de Hércules. Y resulta que éstas se hallan -según todas las fuentes clásicas- en algún lugar entre Algeciras y Ceuta. O sea que Atlántida se encontraría exactamente en el Atlántico. Esto no es una evidencia ya que el nombre del océano le viene por la postulada existencia de aquel país. Quizá próximo a la costa africana, como las Canarias. ¿Representará este archipiélago volcánico los despojos de aquella isla que los antiguos la describen grande como Libia? ¿Podrían ser las Azores y Madeira residuos de la isla hundida en el mar? Es otra la hipótesis posible. Por otro lado, si bien es cierto que la inmensa mayoría de las referencias míticas griegas son desde todo punto incom-probables, durante siglos se estimó que la narración recopilada por Hornero en la Ufada tenía idéntico carácter mítico hasta que el arqueólogo aficionado Heinrich Schliemann descubrió la ciudad de Troya en Turquía, hacia 1870, en el emplazamiento de la moderna Hissar-lik. Y hay más: hasta que en el siglo XX el arqueólogo Arthur Evans desenterrara la ciudad de Knossos, en Creta, Dédalo, el minotauro y el propio rey Minos no eran más que leyendas. Ahora son elementos de una cultura relevante que los estudiosos se afanan por conocer con precisión. ¿Es ésta una prueba irrefutable del carácter histórico del mito de la Atlántida? No, pero relativiza profundamente cualquier afirmación de un origen puramente fabuloso. La sociedad griega de la época de Platón conocía bien poco sobre sus propios orígenes y no podía guardar memoria de hechos acaecidos mil o dos mil años antes. El mismo Critias menciona este tema de un modo convincente en el diálogo citado: "Dada la escasez de subsistencias para el sostenimiento de la vida, escasez que duró por muchas generaciones; ocupados ellos y sus hijos en procurarse la satisfacción de sus necesidades, y entregado el espíritu a este solo objeto, para nada se cuidaron de los sucesos que en otro tiempo se habían realizado. El estudio y la historia de las cosas antiguas se introdujeron con el ocio en las urbes, cuando cierto número de ciudadanos, una vez aseguradas las cosas necesarias para la vida, no tuvieron después que preocuparse de este punto de vista".





CRETA
La cultura minoica alcanzó tal vez su máximo esplendor en la isla de Creta. Allí se levantó el palacio de Knossos, que cuenta con objetos artísticos y construcciones compatibles con las descripciones legendarias de la Atlántida.




FRESCO
El minotauro es una de las leyendas griegas más antiguas y, también, un ser temido por la cultura minoica, que floreció en el mar Egeo mucho antes de que Atenas se convirtiera en la más afamada polis de la Grecia Clásica.

EL MITO DE LA ATLÁNTIDA
La historia de la Atlántida es breve. Sólo podrán incluirse en ella los diálogos transcriptos por Platón y los comentarios de sus contemporáneos e inmediatos sucesores. La historia del mito es, sin embargo, considerablemente más extensa. Es difícil establecer una fecha precisa de su aparición, aunque sin duda el descubrimiento de América por los españoles despertó todo tipo de especulaciones en este sentido. Desde entonces, la atribución de orígenes atlánticos a los aztecas, mayas e incas se transformó en un lugar común de la especulación literaria. Lo más extraordinario del caso es que esta actividad especulativa no ha mermado hasta hoy. Si la primera mención histórica que encontramos de aquel país busca denostarlo por perverso y degenerado, las nuevas versiones acuñadas por los románticos alemanes al filo de la modernidad nos lo presentan como un paraíso perdido. Mucho tuvo que ver en esto el despertar tardío de algunas nacionalidades europeas a fines del siglo XVIII. Es el caso de los grandes poetas románticos alemanes, como Novalis (1772-1801), y los italianos, como el conde Gian Rinaldo Carli (1720-1795). Desde el afianzamiento del dominio cristiano en el tardío imperio romano, la Biblia se transformó en la fuente casi única para revisar los albores de la humanidad europea. Se explica que nacionalistas italianos y alemanes buscaran un origen atlántico para no quedar presos de la descendencia judía. En el siglo XIX Julio Verne y Fierre Benoit le agregaron un nuevo carácter, convirtiendo a la Atlántida en una utopía, visión necesaria para una sociedad que vivía la brutalidad del capitalismo naciente. Lo que resta es historia contemporánea. Los últimos 50 años han sido testigos del despliegue y la proliferación de la ciencia-ficción. A la poderosa producción soviética de los años sesenta, el Occidente europeo y americano dio una respuesta de similar envergadura. En ese movimiento vigoroso, el mito de la Atlántida volvió al debate, a los anaqueles de las librerías y, más que nada, a la pantalla del televisor en documentales y películas de ficción.
También los últimos años han aportado expediciones arqueológicas, terrestres y submarinas, nuevas tecnologías aplicadas a la detección del subsuelo marino, contribuciones de la fotografía aérea y satelital. En suma, cuantiosas inversiones dedicadas a dilucidar el misterio. ¿Existió la Atlántida? En el camino de su búsqueda aparecerán más y más ciudades perdidas de las que no se tenía noticia y que no habían sido el destino de las inversiones originales.

Durante siglos la Atlántida subsistió más allá de su existencia real. Filósofos, científicos, arqueólogos, historiadores y toda una pléyade de fabuladores y oportunistas recrearon teorías de las más variadas. Los Diálogos platónicos habían disparado una incógnita que se mantendrá vigente hasta la actualidad. Los incontables y asombrosos tesoros hallados bajo las aguas en todas las latitudes reforzarían una búsqueda que combinaba conocimientos históricos y culturales con aventura. No obstante, la pervivencia del misterio de la ciudad perdida ha sido resultado, también, de las lecciones morales que encierra el relato platónico. Varios autores coinciden en que las certezas aparecidas en el Timeo y el Critias no constituyen la descripción de una civilización real, sino, por el contrario, de un ideal que el género humano podría alcanzar si siguiera el camino correcto del buen gobierno, el respeto mutuo y la amable vecindad. Así, en Platón, la riqueza y excelencia de la Atlántida surgen de la relación armónica entre los dioses, la naturaleza y el género humano que consigue un estado social de júbilo y progreso. Pero Platón desarrolla este excepcional logro de la sociedad atlante para alertar, finalmente, sobre las terribles consecuencias de la violación de los principios básicos que le dieron vida. Así, cuando los reyes se transformaron en ambiciosos y buscaron en la guerra el medio para satisfacer sus apetencias materiales y de poder, la gran isla sucumbió y fue arrasada por volcanes, terremotos y gigantescas olas. Aunque el filósofo griego presente la destrucción de la Atlántida como un castigo de dioses encolerizados, la moraleja no deja de ser válida.




CANARIAS
La constitución volcánica de la isla de Tenerife revela antiguos cráteres, como el del volcán Güimar. En la zona se han encontrado vestigios de antiguas culturas marítimas, como la guanche, que algunos vinculan con el mito de la Atlántida.


Los herederos de Atlas
Dice la mitología que el primer rey de la Atlántida fue Atlas, nombre del que derivó el de la isla y el del mar que la rodeaba. Luego el territorio se dividió en diez partes, con un rey al mando de cada una de ellas. Según señala Platón, la base del buen gobierno de los atlantes era el buen diálogo entre sus reyes, quienes se reunían cada cinco o seis años. Las reuniones servían para controlarse colectivamente y, en caso de aplicar justicia, se consagraba en una ceremonia en el recinto de su máxima divinidad: Poseidón. La ceremonia comenzaba con la cacería de un toro, sin armaduras ni armas de hierro. Capturada la presa, ella era trasladada por los diez reyes para ser degollada a los pies de la columna donde estaban inscriptas las leyes sagradas y los terribles castigos que recaerían sobre quienes las violasen. La sangre del toro era recogida en un recipiente, para ser arrojada al fuego después de haberse rociado con ella a manera de purificación. El ritual continuaba con un nuevo juramento sobre las leyes sagradas y la promesa propia, y en nombre de toda su descendencia, de hacerla cumplir por todos los atlantes. Concluida la solemnidad, los reyes bebían la sangre del toro, dejaban sus copas en el santuario de Poseidón y se retiraban para prepararse para una nueva deliberación. Vestidos con túnicas azules, los reyes se sentaban en la tierra, sobre las cenizas del fuego, y comenzaban a ser juzgados por sus pares y a impartir la justicia debida. Cada sentencia era grabada en una tablilla de oro, que era guardada junto a las ropas utilizadas en la ocasión.




CASTIGO DIVINO
La leyenda que Atlas sostenía la Tierra tiene varias fuentes. Una de ellas indica que era un castigo que le impusieron los dioses.










¿Quién creó la ciudad

imperial de los atlantes?
Platón escribió sobre la paradisíaca vida en la Atlántida, fundada con ayuda de los dioses griegos. Varios autores posteriores la representan como un reino de excepción, de organización ejemplar y economía resplandeciente.


 
Quizás una de las representaciones más acabadas sobre la vida en la Atlántida la haya dado Otto Muck, quien sin duda basó buena parte de su imaginativa descripción en los datos proporcionados por el propio Platón. Según Muck, la Atlántida era un auténtico paraíso bendecido por un clima benigno y un suelo rico para las actividades agrarias. La desarrollada economía se apoyaba, además, en una explotación minera que incluía yacimientos de cobre, plata, oro y oricalco, el metal más apreciado luego del oro, según el filósofo griego. También extraían piedras para la construcción, tal como lo indica Platón en la descripción de construcciones de dársenas y puentes de piedra de color blanco, negro y rojo. El crecimiento poblacional parece haber sido proporcional al de la economía, y algunos autores señalan que llegaron a ser más de 50 millones de atlantes, casi cuatro veces más que la civilización egipcia en su momento de esplendor.

CÓMO ERA LA CIUDAD
La riqueza del reino se traslucía en una arquitectura elegante y en las magníficas mansiones que habitaban las castas dirigentes. A la manera de las grandes urbes griegas, estatuas y monumentos se agrupaban en parques y espacios abiertos bendecidos por aguas cristalinas que brotaban de fuentes. Las obras de ingeniería permitían llevar los servicios a la población, como el agua caliente y fría que llegaba a hogares y palacios. Según Platón, el mismo Poseidón había hecho brotar del mar dos portentosos chorros de agua de diferentes temperaturas para el uso de los habitantes. Luego, ellos habrían construido canales para los cultivos y condujereron el torrente de agua hacia lo que consideraban un bosque consagrado a Poseidón. bien tenían numerosos estanques y piscinas al aire libre cubiertos, estos últimos para los baños públicos durante el invierno. Mujeres y hombres tenían baños separados. Para evitar anegaciones, se las ingeniaron para conducir los torrentes hacia el mar por medio de canalizaciones, demostrando una ingeniería práctica sorprendente. Caminos prolijamente trazados admitían un intenso tránsito de carros. Las labores de labranza se veían favorecidas, además, por un circuito de regadíos que permitían cuidar de extensos territorios dedicados a la agricultura en fértiles valles. El bosque de Poseidón era rico en especies de todo tipo, de gran belleza y altura. También proliferaban numerosos tipos de animales, incluso elefantes. La cultura no sólo se hacía evidente en la arquitectura, sino también en bibliotecas y espacios públicos de enseñanza donde se veneraba la sabiduría de los mayores. Las esculturas, particularmente de nereidas cabalgando sobre delfines, se hallaban distribuidas por toda la ciudad. En la Acrópolis, estatuas de los reyes y de sus esposas decoraban recintos cubiertos de metales preciosos y marfiles. Además, el santuario dedicado al dios de las aguas era imponente y contaba con un monumento en el que Poseidón conducía las cuerdas de un carro tirado por seis caballos alados.

LA ORGANIZACIÓN POLÍTICA
En su conjunto imperial, la Atlántida era la suma de diez reinos que dentro de la unidad cada uno de ellos mantenía cierta independencia territorial. Las máximas autoridades eran los diez reyes, cuyas atribuciones eran regladas por una especie de Constitución o código de buena convivencia atribuido al propio Poseidón. Cada cinco años los reyes se reunían en consejo, para delinear políticas comunes en el mutuo respeto que regía sus destinos. De hecho, entre las leyes inviolables que debían respetar se hallaba la que disponía que jamás podían guerrear entre ellos. Por otra parte, ningún rey podía quitarle la vida a nadie de su raza sin el consentimiento de por lo menos la mitad más uno del resto de los monarcas. Por debajo de la autoridad de cada monarca se expandía una extensa burocracia administrativa y militar que guardaba el bien de la comunidad, protegía campos y yacimientos, promoviendo las actividades comerciales y el almacenamiento de productos. La administración del comercio, interno y externo, debió haber requerido una burocracia importante, ya que el ritmo del crecimiento económico para una población tan numerosa debió contemplar depósitos de granos, criaderos de animales y una cadena de distribución asombrosa. Especialmente importante debió haber sido la burocracia encargada de las cuestiones militares, ya sea en la creación de cuerpos permanentes de guardia, que algunos autores calculan en casi un millón de hombres, como en la fabricación de carros de guerra y armamento adecuado para defender al reino de cualquier acoso guerrero externo. De hecho, la paz entre los reinos de la Atlántida parece haber sido un premio obtenido por el esfuerzo colectivo, y no hay registros de peleas internas.

Los reyes eran considerados hijos dilectos de la raza divina y sus juicios y pensamientos eran seguidos fielmente por los subditos. Según el relato platónico, la virtud de los reyes se conservó extensa e intacta mientras se mantuvieron bajo la influencia directa de los dioses, pero cuando ésta fue superada por las tentaciones terrenales, se alejaron del buen camino y cayeron en las idolatrías mundanas. Parece que tal cambio produjo en Zeus un particular disgusto, quien dispuso asestar un castigo ejemplar a los atlantes. El mito se encargará de afirmar que aquella decisión fue inmediatamente anterior a la destrucción completa de la civilización.



¿Eran guerreros los ciudadanos de la Atlántida?
Según las descripciones de varios atlantólogos, la sociedad estaba fuertemente militarizada. De hecho, según la tradición platónica la desaparición de su sociedad se habría dado en el marco de una batalla de grandes proporciones. En los relatos sobre la civilización se destaca una férrea organización militar capaz de administrar y resguardar territorios de gran riqueza y productividad, que debían ser defendidos de las apetencias de los reinos hostiles. Supuestamente dividida en miles de distritos pequeños, cada uno dotado de cinco carros de guerra para su defensa, la Atlántida llegaba a sumar diez mil carros, ocupados y mantenidos por una dotación de hombres que formaban el ejército del reino. Además, teniendo en cuenta la capacidad de sus dársenas portuarias y el florecimiento de su economía, es de suponer que sumaban una potencia naval de fuerza considerable.


 
 
Atlántida:
la mirada esotérica


Si bien la mayoría de los arqueólogos e historiadores se basan en los diálogos de Platón para rastrear la Atlántida, en el siglo XIX surgieron filósofos que buscaron la ciudad a través de fuentes bíblicas, budistas, hinduistasy esotéricas. F.l mayor expolíente de esta corriente fue Helena Bla-vatsky, fundadora de la teosofía. Sostenía que la Atlántida había sido, hace un millón de años, un continente pleno de sabiduría, habitado por una raxa de gigantes de pelo lacio y piel roja o amarilla, conocimiento que le había sido comunicado por un maestro tibetano. A parí ir de las ideas teosóti-cas, muchos comenzaron a creer en otros continentes míticamente perdidos: Lemuria, entre India y África; Mu, en el Pacífico, e Hiperbórea, en el Ártico. Egipcios, escoceses, vascos, mayas, canarios y polinesios fueron considerados en algún momento como reencarnaciones del linaje atlante. La cuestión se recalentó durante el siglo XIX, cuando varios espiritistas dijeron haber recibido mensajes de los milenarios habi-t ant es de la Atlántida. También los esotéricos nazis fundaron sus presunciones de pureza aria en una supuesta descendencia atlante. A partir de los avances tecnológico del siglo XX, los exploradores depositaron sus expectativas en numerosos instrumentos geológicos y satelitales para obtener evidencias de la Atlántida perdida.

 
 
Helena Blavatsky
El redescubrimiento espiritista
Tras viajar por lugares sagrados de todo el mundo, la pensadora y espiritista rusa Helena Blavatsky fundó en 1876 la teosofía en Nueva York. Esta disciplina se propone buscar la verdad divina a través de distintas religiones. Con la ayuda de textos sagrados del cristianismo, el budismo tibetano y el hinduismo, madarne Blavatsky propuso la existencia de varios continentes pei-didos, entre los que se encontraba la Atlántida y sus humanos gigantes. Según la pionera de la teosofía, la raza atlante habría sido la cuarta encarnación del espíritu humano en su viaje desde el origen de los tiempos hacia su evolución final. Esta supuesta raza habría habitado un gran continente, que abarcaba desde el este de América del Norte y del Sur hasta las actuales Europa y África. con un promontorio en el norte de las islas británicas. Blavatsky aseguraba haber recibido este conocimiento de un maestro tibetano, y haberlo confirmado por medio de contactos con espíritus.









 
¿Fue Tartessos heredera
de la Atlántida?

Hace diez mil años los territorios de Marruecos y España estaban unidos. La desembocadura del Guadalquivir, sumergida ahora bajo el océano, fue centro de una cultura presuntamente fundada por sobrevivientes de la Atlántida.


Hay una certeza común en dos teorías acerca delalocali-zaeión de lu Atlántida que, sin embargo, dan emplazamientos distintos. Quienes se inclinan por identificar la At lanuda con el reino de Tartessos, o al menos a este último como sobreviviente de aquélla, describen una geografía distinta para la península Ibérica hace 11.500 años. Por entonces, el Atlántico y el Mediterráneo tenían cien metros menos de profundidad. Se iba por tierra de Cádiz a Tánger. España y Libia se unían a través de un archipiélago de una superficie aproximada de seiscientos mil kilómetros cuadrados. El fin de la glaciación significó sin embargo un aumento constante del volumen de las aguas marinas y la disminución de las tierras emergidas. El investigador francés Collina-Girard señala que el estudio del coral de la zona demuestra que, tras un milenio de suave deshielo, se produjo un brusco aumento del nivel de las aguas, "que llegó a subir a un ritmo de dos metros por siglo, aunque en ocasiones de cuatro metros e incluso más" En torno al año 9000 antes de nuestra era, el mar creció bruscamente y la Atlántida desapareció para siempre bajo las aguas. Cerca del cabo Spartel se encontró, a 46 m de profundidad, una isla sumergida que Collina-Girard sostiene que pertenece a la Atlántida.

EL ISTMO
Si el estrecho de Gibraltar se encontraba obstruido, vale pensar que las aguas del Mediterráneo podían estar aún más bajas que en el Atlántico. El profesor Paulino Zamarro dice poder probar la ruptura del istmo de Gibraltar unos 7.500 años antes de nuestra era.
Entonces, las aguas del océano Atlántico irrumpieron violentamente en el Mediterráneo. En su extremo oriental forzó el estrecho de los Dardanelos, inundando el mar Negro, un lago dulce que se eonvirtiría en mar salado. Pero el español Zamarro cree, como los investigadores griegos, que la isla de Atlántida se encontraba en realidad en el mar Egeo, próxima a las Cicladas. Y aquella irrupción violenta será identificada con una marejada que arrasó las costas e islas del Egeo, poniendo fin a los antecesores de la cultura minoica. Con todo, a favor de Tartessos le aporta algunas pruebas la filología. La palabra "Atlas" significa "espacio intermedio" tanto en lengua ibérica y griega como beréber. Atlantis significaría entonces "ciudad del espacio intermedio" Y precisamente Tharsis, capital presunta de los tartessos, tiene el mismo significado en esa lengua.

¿Dónde estaban las columnas de Hércules?
Las columnas de Hércules han sido situadas por numerosos autores griegos y romanos en el estrecho de Gibraltar. Sin embargo, Herodoto afirma que se encontraban entre el Pelo-poneso y la isla de Creta, y no en el extremo occidental del Mediterráneo. Precisamente es éste el lugar ocupado por las islas Cicladas, que sin duda constituyen los actuales restos de islas de mayor envergadura. Es posible que a estas islas del Egeo hiciera referencia Platón cuando describía la Atlántida. Cuenta la leyenda que Hércules rompió el istmo de Gibraltar inundando el Mediterráneo, acción transmitida por la tradición oral que recogiera Hesíodo setecientos años antes de nuestra era, reinterpretando en clave heroica lo que seguramente fue provocado por un fenómeno climático o acaso geológico. Se encuentra probado que mercenarios jonios procedentes de las Cicladas se establecieron en Sais (Egipto) en el siglo VIII a.C. ¿Será posible que ellos llevaran allí la leyenda de la Atlántida que dos siglos más tarde sería recuperada por Solón?



¿Pudo un
tsunami
hundirla?


El mar Mediterráneo fue tierra firme antes que movimientos geológicos lo transformaran por completo. Una de las teorías más difundidas de la desaparición de la "civilización perdida" está basada en estos datos científicos.

 

 
El mito de la inundación como origen de la desaparición de grandes civilizaciones acompaña a diferentes cultura (le la humanidad desde tiempos remotos. De hecho, se encuentra en escritos tan disímiles y distantes como la Biblia y el Popol Yuh, un relato sobre la creación del mundo propio de la cultura maya-quiché.

Si, como afirman diversos especialistas, la AUánlida se hallaba en el océano Atlántico o en el mar Mediterráneo, cuyos fondos marinos eran hace miles de años sumamente inestables, la posibilidad de asociar el Un de la Atlántida a una gran invasión de aguas sobre ella se acrecienta aún más.

LOS MISTERIOS VIENEN DEL MAR
La ciencia geológica ha determinado que el fondo marino del Atlántico, en una franja ancha que se extiende desde el Caribe hasta Islandia, ha sido sumamente cambiante por la proliferación de actividad volcánica. En distintas épocas se han registrado erupciones seguidas de maremotos y hundimiento de islas, así como también el surgimiento de otras en el llamado "cinturón sísmico oceánico". Semejante fenómeno ha afectado a parte de las costas del Brasil y Kspa-ña, en un arco de extensión sumamente amplio, l.a presunción de que la Atlántida terminó sus días en un cataclismo semejante fue abonada por geólogos y vuleanólo-gosa parí ir del análisis de muest ras tomadas en el fondo marino cercano a las islas Azores, cuyas salientes y valles se asemejaban mucho más a la superficie terrestre que a un fondo marino.

Muestras de rocas tomadas en la profundidad comprobaron, además, que estaban recubiertas de una lava basáltica con características propias de un material que se había enfriado fuera del agua, lo que significaría que fueron parte de una superficie terrestre que luego pasó a estar sumergida. La teoría fue sustentada por el geólogo de origen francés Fierre Tennier, quien subraya la posibilidad de un hundimiento de la superficie después de haberse enfriado, lo que concuerda con el proceso de vitrificación de las muestras; de lo contrario, ha sostenido, ellas tendrían que presentar un aspecto cristalino. La existencia de una doble meseta en la base de las islas Azores hace presumir que emergieron de una superficie que previamente se había hundido por etapas, lo que coincide con el relato sobre un cataclismo que permitió el abandono de la Atlántida de forma organizada. De esta manera, ciencia y leyenda se aunan para que el misterio de la Atlántida continúe vigente.

¿Fue un gran meteorito el culpable?
Entre las variadas explicaciones sobre la desaparición de la Atlántida se destaca la que la atribuye a una posible causa de carácter extraterrestre. Entre los geólogos que se alinean en esta hipótesis se encuentra Otto Muck, quien plantea que el cataclismo marino que hizo desaparecer la civilización atlante fue producto de la precipitación de un meteoro de inmensas proporciones que, al chocar contra las aguas del océano Atlántico, produjo una fractura en el lecho marítimo y una marejada que destruyó inclusive todo lo que se encontrara a grandes distancias del impacto. La evidencia de semejante fenómeno estaría dada por la gran cantidad de cráteres de origen espacial hallados en algunas zonas de Carolina, Estados Unidos. Según Muck, es posible que tales cráteres hayan sido provocados por desprendimientos de un meteoro de enormes dimensiones, y que fueron desprendiéndose de aquél para caer finalmente sobre la Tierra. El meteoro madre, en cambio, pudo haberse precipitado en las aguas, a unos 900 kilómetros de la costa.


¿Cuáles son las huellas
de los atlantes?

Los volcanes de las islas Canarias muestran antiguos rastros de actividad, terremotos y grabados en espirales. En un triángulo del océano Atlántico otros buscan ruinas de un centro antediluviano común a Egipto y América.


En el Medioevo se había alimentado que señalaba a las Canarias. Madeira y las Azores como los vértices de una isla triangular ubicada al este del estrecho de (íibraltar. La conquista americana abrió para los españoles una nueva hipótesis: que las Antillas fueran el otro vértice del continente .sumergido de la Atlán-tida. En el siglo XIX la literatura hizo su aporte. En las veinte mil leguas de viaje submarino .Julio Verne imagina descender a las profundidades para contemplar la metrópolis sumergida de la Atlántida. Nos dice: "Un día y una noche bastaron para la aniquilación de esa Atlántida. cuyas más altas cimas. Madeira, las Azores, las Canarias y las islas del Cabo Verde emergen aún". La isla de Tenerife es casi un perfecto cono cuya altura central preside el Teide, toda la isla semeja las laderas de ese monte que, para muchos geólogos y vulcanólogos, constituye la huella de la tremenda sacudida volcánica que acompañó a un colosal terremoto. Restos de arcilla extraídos a 7.800 metros de profundidad revitalizaron la hipótesis del hundimiento de una parte de tierra firme. Es probable que estas islas pudieran ser las montañas más altas del continente perdido, es una zona donde existen muchos volcanes. Templos y palacios habrían quedado cubiertos por las aguas.

LAS SUPOSICIONES DE UN CONGRESISTA
Una serie de reliquias encontradas en las islas Canarias remiten al siglo V a.C. y vinculan a sus aborígenes con las culturas solares que fueron comunes a cretenses y fenicios. Los grabados en espiral, de una antigüedad muy superior a la de los cañoneos, fueron asociados al diseño que pre-senta la ciudad de Atlantisen el diálogo platónico. A mediados del siglo XIX la leyenda de la Atlántida fascinó a los contemporáneos y les hizo predecir su encuentro para breve. El congresista norteamericano Ignatius Donnelly escribió hacia 1883 El mundo antediluviano, un texto en el que especulaba con la ubicación de la Atlántida en el centro del océano del que proviene su nombre. Las semejanzas halladas entre las culturas del antiguo Egipto y las civilizaciones mesoamericanas probaban, según él. un origen común, y un único origen atlántico que debía de estar' en el triángulo formado por las islas Madeira, Azores y Canarias. Domielly cautivó a sus contemporáneos, que se lanzaron a la búsqueda de vestigios de esta antigua civilización en América, el noroeste de África y la Península Ibérica.

La misteriosa isla de San Borondón
En las Canarias existe una leyenda popular sobre una isla bautizada San Borondón, que aparece y desaparece tras las niebla. Los que aseguran haberla visto la sitúan en el extremo occidental de las islas, entre La Palma, La Gomera y Hierro, aunque no hay pruebas científicas de sus certezas. La única evidencia de su existencia es su marcación en el mapamundi de Jacques Vitry, una cartografía que incluye la isla desde el siglo XIII. Tres centurias más tarde, hubo un esfuerzo persistente para hallarla e incluirla en los mapas. De hecho, Felipe II encargó esta tarea al cartógrafo real Leonardo Torriani, y éste cumplió en incluirla en las cartas de navegación del reino. No obstante, al día de hoy no ha podido ser ubicada y persiste en desorientar a incautos y experimentados.


 
 

¿Dominaban las
tecnologías actuales?


Una sospecha creciente agita a los estudiosos de la prehistoria. Con insistencia aparecen indicios antiquísimos de desarrollos técnicos que la ciencia clasifica como mucho más tardíos. Estas diferencias suelen ser de milenios.


Un ejemplo es la famosa pila de Bagdad que podría tener una antigüedad de cinco mil años. La misma tecnología necesaria para izar piedras en las más antiguas piramides egipcias probablemente fuera alcanzado cuando se elevaron los obeliscos del primer milenio a.C.., pero cuesta creer que fuera posible levantarlos tres mil años antes. Es lógico que la carencia de respuesta a estas preguntas haga lícita cualquier especulación. Entre las más conocidas descuella la que hace propietarios a los atlantes de una tecnología de levitaciónde los objetos. Al parecer, su dominio de variadas energías y su conducción les permitía elevarlos independientemente de su masa o peso. Unido a lo anterior debe mencionarse un rumor que jamás pudo ser acallado:
¿conocían los egipcios una forma de ablandar las piedras y endurecerlas de modo de lograr la forma exacta en el sitio preciso? Ya había aparecido un estudioso en el Cusco que rescataba una antigua tradición para producir la sustancia usada por los incas en la construcción de Machu Picchu y Kacsahuaman. Muy poco después, en la isla de Sehel, en el Nilo, se encontraba y descifraba la Estela de Famine o Estela Química de Jnum, con la fórmula para preparar una sustancia similar. La conexión de ambos continentes a través de una cultura superior y más antigua se presentaba como evidente.

EL POPOL VUH Y LA CUARTA RAZA
La búsqueda del rastro atlante continuó en América. Se asoció el recuerdo de la Cuarta Raza que evocara el libro maya Popol Vuh. Hablan de lámparas incandescentes que iluminaban sus palacios. Se cree que Tesla, el famoso inventor, conoció esta tecnología que aplicó para mejorar la bombilla de Franklin y diseñar un sistema de producción y distribución de energía que no interesó a los monopolios nacientes, que lo juzgaron muy barato y difícilmente convertible en negocio. En el mismo sentirlo deben valorarse las "iluminaciones" mediúmnicas que nos proveyó el final del siglo XIX y principios del XX, con madame Helena Petrovna Blavatsky y el norteamericano Edgar Cayce, quien describió el sitio en que se encontrarían más tarde las construcciones de Bimini. Habíase descripto la gigantesca pirámide de granito blanco, el templo atlante de Inkaliclon, construido en un vórtice electromagnético sobre el que levitaba un cubo de cristal del que manaba una suave luz blanca que desintegraba cualquier cosa que entrara en su campo.

¿Eran capaces de ablandar las piedras?
¿Cómo se pudieron elevar rocas a la altura en que se construyó Machu Picchu? Según el religioso Jorge Lira, estudioso de la cultura quechua, los dioses habrían hecho dos regalos a los pueblos andinos para sus construcciones: la coca, para aliviar su esfuerzo, y la fórmula de una sustancia con la que los antiguos reducían la piedra a una masa blanda que moldeaban con facilidad. El principal componente parece ser un arbusto, la "jotcha", con el que se logró ablandar roca sólida hasta casi licuarla. Como no se consiguió volver a endurecerla, el experimento se consideró un fracaso. Paralelamente, el doctor Joseph Davidovits, experto en materiales geopoliméricos, ensayaba una fórmula obtenida de la Estela Química de Jnum, hallada a 3 km de la represa de Asuán, con resultados similares a los obtenidos por el peruano: licuó la piedra, pero no pudo endurecerla. Sin embargo, el hallazgo de cabellos y otros objetos en el interior de piedras gigantescas pi-ueba que tal técnica debió existir.


 
 
Hipótesis alternativas

¿Acepta la Iglesia la presencia de la Atlántida?
Durante todo el transcurso de la Edad Media la Iglesia Católica desestimó con el mayor énfasis la veracidad histórica de la Atlántida, así como también de cualquier otra civilización humana que no fuera legitimada por los textos bíblicos. En primer lugar, y en términos estrictamente cronológicos, la presencia de una civilización casi cinco mil años anterior a la creación del mundo señalado por el Génesis, supuestamente ocurrido hacia 5500 a.C., no podía ser aceptada sin que supusiera una grave contradicción de carácter teológico. La posterior verificación científica de que la existencia humana en la Tierra excedía largamente aquel registro bíblico hará posible que algunos religiosos se aventuraran en el estudio de las civilizaciones perdidas, dando cabida a la credibilidad de sociedades mucho más antiguas que las aceptadas. Hacia mediados del siglo XVII el jesuíta Ata-nasio Kircher se convirtió en un religioso pionero en la aceptación de la existencia de la Atlántida, y dibujó un mapa que ubicaba a su territorio en una porción del océano Atlántico situada entre España y las islas del Caribe, ocupada por las islas Azores. Kircher señalaba que la isla se había hundido y que en la confección de su mapa siguió los textos de Platón y de los egipcios. Que haya sido Atanasio Kircher quien realizara semejante audacia se explica por las características del personaje. Considerado un sabio, conocía varios idiomas e incursionó en numerosas disciplinas, como medicina, astronomía, filología, música, óptica y física. Además, fue profesor de arqueología en el Colegio Romano e inventor de relojes de Sol.


¿Quién fue el primer monarca de la Atlántida?
Según el relato dejado por Platón, el primer rey de la región, incluidas sus aguas, fue Atlas. Cuando Poseidón decidió darle el mando a un miembro de su vasta progenie, designó al más viejo como rey y le impuso el nombre de Atlante. Al hermano de éste, Eumelos, el dios de las aguas lo designó monarca de la parte extrema de la isla, frente a las columnas de Hércules. El resto de los reyes, hasta completar los diez, fueron los descendientes de aquellos primeros: Amfe-res, Evaimon, Mineseas, Autóctono, Elasippo, Mestor, Azaes y Diaprepés. Según relata Platón, siempre el rey era el más viejo, y su primogénito cubría su lugar cuando moría. Todos ellos constituyeron la aristocracia divina de la Atlántida, reinando en las diez regiones interiores de un imperio que se extendió desde el actual estrecho de Gibraltar hasta Egipto. Al no existir registro de conflictos familiares, todo indica que en la continuación dinástica de los atlantes reinaron la paz y el derecho familiar-divino de sucesión. Según el mito, las ambiciones personales quebraron la armonía.

¿Era la Atlántida un conjunto de varías islas?
Los relatos sobre la desaparecida Atlántida señalan tanto una isla situada en el Atlántico como un territorio inmenso que se extendía por casi todo el mar Mediterráneo. Las descripciones no son unánimes, aunque al indicar que tenía una población de más de 50 millones de habitantes infiere un territorio inmenso. Además, el detalle de una estructura en anillos supone un diseño de islas circulares, una dentro de otra. Esta última descripción es fiel a lo narrado por Platón y el origen mitológico de la civilización atlante, aunque algunos atlantólogos la toman como referida sólo para una suerte de capital. El tema es controvertido para los especialistas pues, en caso de ser un territorio inmenso que habilite el nombre de "continente perdido", los registros geológicos de su emplazamiento deberían ser más contundentes, al igual que el hallazgo de yacimientos arqueológicos submarinos. La posibilidad de que exista una fabulación sobre las dimensiones de la Atlántida, pues, está a la orden del día.

El Tiahuanaco y la Atlántida, ¿están relacionados?
Algunos investigadores especulan con la posibilidad de que la fantástica isla desaparecida hubiera existido en el continente americano o muy cerca de sus costas. De hecho, en 1966, en las costas del Perú, cámaras de profundidad localizaron grandes estructuras hundidas a unos dos mil metros. Otros atlantólogos localizan en el Tiahuanaco (Bolivia) la posible construcción de la civilización atlante, basando su afirmación en que sólo en aquella región se hallaba un metal como el oricalco, el mismo mencionado por Platón en sus relatos. Otros autores especulan que los movimientos geológicos que pudieron haber destruido la Atlántida quizá fueron consecuencia de conmociones geológicas más extensas. Se sabe que la ciudad de Tiahuanaco fue levantada en una superficie que hace aproximadamente entre diez mil y doce mil años (fecha coincidente con la desaparición de la Atlántida) se hallaba a poco más de 3.000 m por debajo de su cota actual. También se cree que grandes movimientos geológicos cambiaron la fisonomía de la cordillera de los Andes, levantando el lago Titicaca y destruyendo casi por completo las civilizaciones que allí se habían desarrollado. Así, mientras en un punto del planeta la geografía se levantaba, en otro se producía el efecto contrario.


¿Prueban los relatos literarios su existencia?
Autores prestigiosos como William Shakespeare y Fran-cis Bacon abordaron el tema de la Atlántida en sus obras desde distintas perspectivas. El primero, al señalar en La tempestad (1611) la existencia de islas perdidas en el océano, y el segundo, en La nueva Atlántida (1638), al situar la civilización descripta por Platón en el continente americano. Los escritores modernos que abordaron el tema lo hicieron sobre las conjeturas preexistentes y no sumaron elementos que hubieran significado un avance científicamente comprobable sobre el dilema. La obra que más ha contribuido a popularizar el mito es Veinte mil leguas de viaje submarino, obra que el escritor francés Julio Verne publicó en dos partes en 1869 y 1870. Verne desarrolló la fantástica historia expedicionaria del capitán Nemo, al mando de un submarino bautizado Nautilus. La atractiva historia será retomada por la producción cinematográfica que hacía sus primeras armas dando lugar, en 1907, al film del director galo Georges Mélies. La pantalla grande volverá sobre esta novela en 1916 (Stuart Patón) y en 1954 (Walt Disney), entre las versiones más conocidas.

¿Conocía Colón la leyenda de la Atlántida?
La existencia real o ficticia de la Atlántida se había difundido en los círculos expedicionarios europeos del siglo XV. La cartografía que guiaba a los aventureros, viajeros y exploradores señalaba la presencia de varias islas en el Caribe que, según la autoría de los mapas, llevaban diversos nombres, aunque los de Antillas, Antilha y Antigua eran los más popularizados. Según se sabe, Colón conocía dicha cartografía y, tal como lo señala López de Gomara en su Historia general de las Indias, también conocía bien los textos platónicos Timeoy Crítias. Todo esto alimenta la especulación de que Colón, en su imaginario, podía contar con hallar, si no la Atlántida, alguna isla que hubiese heredado su cultura. También es verosímil que los imperios marítimos de la actual Península Ibérica alimentaran semejante expectativa, ávidos como eran de mercados y fuentes de exóticas materias primas. Desde esta perspectiva, las Indias o la legendaria Atlántida constituían paraísos a poner bajo su dominio.


¿Fue obra de los atlantes el cuarzo de Bimini?
Tras los hallazgos de 1968 en la profundidad de Bahamas, decenas de submarinistas se lanzaron a la exploración en sus costas. En 1970, el doctor Ray Brown, que había explorado galeones españoles y tesoros en el área, se encontraría con algo inaudito. Tras una tormenta, los equipos de navegación y brújulas de su barco "enloquecieron". Vio bajo las aguas unas construcciones y se sumergió junto a otros buceadores. En una profundidad menor a 40 m, una forma piramidal brillaba como un espejo; cerca de la cumbre tenía una entrada. Un corto túnel desembocaba en una habitación interior; en el centro brillaba un cristal sostenido por dos manos metálicas. La esfera de cuarzo, sometida a centenares de pruebas, no respondió cuándo ni cómo fue elaborada. Se reveló, en cambio, que ampliaba la energía que pasaba a través de ella. Los primeros asistentes describieron sensaciones diferentes: percibían que vientos de diferentes temperaturas rodeaban el cristal y luces, voces y hormigueos en la piel.

¿Pueden los médiums hallar la Atlántida?
El psicólogo suizo Cari Gustav Jung concibió la idea de que todas las experiencias y conocimientos que constituyen el patrimonio común de la humanidad ocupan un lugar al que llamó "inconsciente colectivo". El concepto le permitía explicar experiencias parafísicas, en boga en su época, como el accionar de médiums que, en trance, hablaban lenguas desconocidas o referían conocimientos de civilizaciones perdidas. Entre 1923 y 1944, el médium norteamericano Edgar Cayce tuvo una serie de experiencias extrasensoriales que denominó "relatos", entre los que describió un continente sumergido ubicado en las islas Bahamas, cumbres de la región occidental de la Atlántida a la que llamó Poseídia. Dejó miles de registros de sus comunicaciones telepáticas y 700 de ellas sobre su visión de la Atlántida. En la versión de Cayce, era una sociedad dividida en dos bandos permanentemente en guerra, causa final de la catástrofe de esta civilización. La "lectura" entregada en 1932 establece la posición geográfica de Atlántida de este modo: "...se encuentra entre el golfo de México y el Mediterráneo. Evidencias de esta civilización deben encontrarse en los Pirineos y en Marruecos, Honduras Británica, Yucatán y Norteamérica. Las Bahamas pueden verse en la actualidad".

 





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